La obsesión de innovar

La obsesión de innovar Por Diego Dyer
15/06/2017, Semana Económica

Ahí, en el punto exacto en que nos emocionamos con el poder de la innovación, convendría consultar las estadísticas y recordar que son pocos los que disfrutan de la experiencia en su dimensión real; porque entregarse a la misión de innovar implica arriesgarse a jugar con las probabilidades en contra. Por cada start-up que levanta vuelo, cientos cierran en el camino; por cada producto adoptado en el mercado, miles terminan en el olvido; y por cada buena idea que trasciende de una conversación, millones no pasan de buenas intenciones.

Es por ello que la definición estricta de innovación habla de “ideas que se implementan como nuevos productos, servicios o procesos y que encuentren una aplicación exitosa en el mercado…” Entonces, siendo fieles a su interpretación literal, cabría la posibilidad de que el reto no descanse en la idea, sino en la propia expectativa de “aplicación exitosa”. No vaya a ser que en el vértigo de innovar, nos encontremos con la triste realidad de no entender que buscamos exactamente, escudándonos en la moda de la palabra o en lo bien que luce en nuestro perfil de LinkedIn.

La expectativa de éxito puede llevarnos a confundir el propio propósito de innovar, arrastrándonos a ser obsesivamente rebuscados y complejos (en busca de distinguirnos del resto de mortales) y olvidarnos de ser claros y pragmáticos hacia el entendimiento de la oportunidad real de negocios (o de vida). Aquella oportunidad que, por encima de cualquier cosa, justifica la innovación. Tal vez de tanto pensar fuera de la caja nos olvidamos de pensar dentro de ella, y aprovechar  las incontables ventajas que nos ofrece la dinámica actual de negocios, y no solo la potencial futura. O quizá, caemos en el error de confundir los procesos de innovación (llamados a cambiar las reglas del juego) con los de mejora continua (llamados a hacer los procesos más eficientes o efectivos).

Por otro lado, muchos nos dejamos llevar por el deseo de generar ideas y empujarlas hasta el final, cuando la realidad indica que hay talentos y roles para cada etapa del proceso: quienes direccionan el negocio y definen qué oportunidades perseguir; quienes liberan su capacidad creativa en busca de ideas que resuelven tales oportunidades; y quienes gestionan las ideas y aseguran su “aplicación exitosa” en el mercado. Si una de las piezas falla, me animo a apostar que la innovación también lo hará.

Creo que no existe una fórmula secreta para innovar (yo al menos nunca la vi), pero si algunas lecciones para subir un poquito la probabilidad de éxito. Primero, no obsesionarse con innovar: la innovación responde a una oportunidad de negocios, y no al deseo de innovar per se. Luego, promover una cultura de apertura a las ideas, pero no ideas libres de contexto, sino dentro del marco de las oportunidades que queremos capturar. Y finalmente, asegurar que cada uno de los zapateros que participan de la cadena de valor, está en sus zapatos. ¡Suerte en el proceso!