Por: Carlos A. Anderson, Economista

El aumento de la remuneración mínima vital (RMV) de 750 soles a 850 soles ha sido recibido con beneplácito por algunos y con un sentido de agrio
escepticismo e incomodidad por otros. La Sra. Nadine Heredia llama al aumento “histórico” y señala que la RMV “ha subido en más del 40 por ciento que la dejada por el anterior gobierno”. Olvida señalar la Sra. Heredia que el 40% al que se refiere es en “en términos nominales”, porque cuando a dicha evolución le añadimos la inflación acumulada entre el momento del primer aumento -junio del 2012- y la puesta en vigencia de este último aumento -mayo del 2016- para dar- le una ojeada a la evolución de la RMV en términos reales, entonces la película es bastante distinta. Aquí, la RMV no sube. Baja en poco más de 11 por ciento.

Los políticos en carrera, desde PPK hasta Verónica Mendoza, proclaman su beneplácito. Los empresarios su preocupación por ser más bien “inoportuno”. Los periodistas interesados en temas político-económicos cuestionan “el momento político” en el que se da a escasos 10 días de las elecciones y elaboran todo tipo de conjeturas.

Y los economistas por lo menos la gran mayoría de aquellos que se identifican como ortodoxos o neoliberales han desempolvado con horror sus libros de macroeconomía para recordarle al gobierno y al resto de mortales que, según la teoría económica:
1) el aumento de la RMV conduce a una caída en los niveles de empleo agregado; 2) el aumento de la RMV “causa” mayor informalidad; y 3) el aumento de la RMV debería estar condicionado única y exclusivamente al aumento de la productividad laboral, olvidando minucias como el dicto constitucional que señala que: “Todo trabajador tiene derecho a una remuneración equitativa y suficiente que procure para él y su familia el bienestar material y espiritual”. Lo que el Premio Nobel Christopher Pissarides llama “the living wage”.

A estos argumentos que en conjunto constituyen “the convencional wisdom”, o la verdad dominante en materia de salario mínimo o RMV, se le han sumado consideraciones conexas como el cálculo de la RMV como porcentaje de los salarios promedios y su comparación con mercados laborales y economías tan di- versas como son los Estados Unidos, o las economías de los países miembros de la OCDE (la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) o la comparación de la RMV peruana con la RMV en otros países latinoamericanos, usando como criterio de comparación -jejeje- dólares de “paridad de compra” derivados de la aplicación del famoso Índice Big Mac de la revista The Economist. Todo con el único propósito de demostrar que el aumento de la RMV es “inconveniente”.

Este tipo de “análisis” y “reflexiones” ignora soberanamente lo poco que nos dice en realidad la ciencia económica en torno a los efectos de un aumento de la RMV. John Schmitt, del Center for Economic and Policy Research de Londres, después de analizar todo lo publicado sobre el tema desde el 2000 llega a la triste conclusión de que “el peso de la evidencia muestra una reducida o inexistente respuesta del empleo a aumentos modestos del salario mínimo”.

A los lectores de esta columna los invito a que le den una mirada a la evolución del índice real de la RMV y a la evolución del índice de empleo, y que luego hagan lo mismo con el índice de informalidad laboral (los más sofisticados pueden mirarlos en términos de “deltas” o tasas de variación o realizando alguna regresión para ver el grado de correlación entre las variables). Aunque este tipo de análisis no nos dice nada acerca de la dirección de causalidad, verán que el grado de relación es mínimo o inexistente. Esa es la diferencia entre el mito y la realidad.

Fecha: 02 abril 2016 | Fuente: Gestión

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